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miércoles, mayo 11, 2016

CHILOE Y LOS JESUITAS SEGUN NICOLAS DEL TECHO p.II


NICOLÁS DEL TECHO
HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
TOMO SEGUNDO * LIBRO CUARTO

CAPÍTULO IV
EL P. DIEGO DE TORRES DA BASTANTES DISPOSICIONES ÚTILES PARA LA PROVINCIA.
Grandes eran los progresos de la Compañía, cuya presencia reclamaban no pocas ciudades, principalmente la de Jerez, que se dolía de estar desde muchos años atrás sin sacerdote, y, por consiguiente, sin culto divino; ofrecía remunerar á los misioneros en cuanto su pobreza lo consintiese. Apurábase el Provincial con la escasez de religiosos, pues, aunque acababan de llegar algunos de España, los más eran jóvenes y todavía inexpertos. Dispuso que éstos fuesen á Córdoba del Tucumán, distante ciento veinte leguas, para que se ejercitaran en las letras y virtudes. Prudentes razones hubo en designar á Córdoba como centro del noviciado y los estudios, lo cual la convertía en la capital de la provincia. Siendo cosa tan interesante la educación, se temía que los principiantes en el reino de Chile, por las mil delicias y comodidades que proporciona, perdiesen el fervor y con dificultad salieran á los desiertos del Tucumán y Paraguay, mientras que la aspereza de Córdoba los endurecería para las fatigas. Añádase el que esta ciudad está situada en medio de Chile y el Paraguay, con lo cual el viaje á tales regiones era más fácil y pronto; ninguna otra frecuentaban tanto los españoles, y en sus inmediaciones se contaban millares de indios cuya evangelización constituiría un campo donde los noveles misioneros se ensayarían antes de emprender cosas mayores. El Provincial, yendo á través de espesos montes, visitaba las aldeas, dando ejemplo á los novicios. Gracias á los religiosos de Córdoba, muchos gentiles recibieron el Bautismo, y bastantes neófitos se reconciliaron con Dios mediante la Penitencia por vez primera. En el Colegio, el P. Torres, con su destreza, ardor, santidad de costumbres y vida ejemplar, inflamaba los ánimos de novicios, estudiantes y compañeros; ponía allí mayor empeño, por saber que de la capital se difundiría el espíritu por toda la provincia. Censuró con dureza la ambición de quienes, quebrantando las Reales cédulas tocantes al servicio personal, entraban á las tierras de gentiles y los vejaban; habiendo un hombre sacado no pocos indios de sus aldeas, los bautizó sin catequizarlos, pues ignoraba el idioma que hablaban; el P. Torres declaró nulo el Sacramento, dictamen que mereció la aprobación del obispo del Tucumán, el cual, con penas eclesiásticas, hizo que el raptor devolviese la libertad á sus cautivos. Pasados en esto cuatro meses, fué el P. Torres á Mendoza, apéndice del reino chileno, y alabó el celo del rector por haber procurado el Bautismo de cuantos indios moraban en la ciudad. Adornó la capilla de Loreto, construída en el templo del Colegio, para que la Virgen protegiera el país. Consiguió del juez conservador, perteneciente á la Orden de Santo Domingo, que un sacerdote, culpable de calumnia contra la Compañía, convicto de su delito, fuese condenado á destierro y privación de oficio, á fin de que no dañase con malos ejemplos. Dejó en Mendoza al P. Deodato, varón intachable que acababa de llegar de España y hacía concebir halagüeñas esperanzas. Viéronse éstas cumplidas, pues en los años que permaneció en Mendoza, según cuenta el P. Juan Pastor, bautizó veinte mil personas. Luego que el Provincial hubo ordenado las cosas referentes al Colegio y preparado futuras expediciones á la provincia de Cuyo, pasó la cordillera y entró en Chile el año 1611. En la capital, á ruego de la Audiencia y demás autoridades, erigió un Seminario de jóvenes nobles consagrado á San Edmundo Campiano. La causa de crearlo fué el que los adolescentes, en sus casas, eran educados regaladamente, á lo que se prestan los atractivos del país, y las costumbres no brillaban por su pureza: se esperaba que bajo la férula de los jesuitas los muchachos saldrían capaces de gobernar la nación. Inauguróse con veinte alumnos el Seminario de una manera solemne, asistiendo la Audiencia y restantes autoridades; el P. Juan Humanes, encargado de regirlo, satisfizo los deseos de todos. Desde allí se hicieron excursiones á los alrededores y más lejos. En ellas ocurrió un hecho que narraré: yacía enfermo cierto español, que de sano tenía la mala costumbre de repetir frecuentemente: Que muera sin confesión si no es verdad lo que afirmo. ¡Cosa admirable! El misionero que llamaron á confesarlo en éste ó el pasado año, cuando se aproximaba á la aldea, no pudo ni con fuerza ni con arte hacer que se moviese la caballería en que iba, hasta que espiró el enfermo; entonces la mula echó á andar y llevó al P. Juan Fonte á la aldea en que estaba el muerto: ejemplo tal debe apartarnos de atraer con imprecaciones el mayor mal de cuantos nos pueden sobrevenir. El P. Diego de Torres, que nada descuidaba, ordenó que los PP, Horacio Bech y Martín Aranda, que se hallaban en Arauco, y los PP. Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino, que estaban en las islas de Chiloé, fuesen, como es costumbre en la Compañía, á confesarse con él. Abrazólos cariñosamente por lo que habían hecho en bien del cristianismo. Dispuso que el P. Bech rigiese á otros misioneros, y en el lugar que ocupaba puso al Padre Francisco Gómez, acompañado del Padre Martín de Aranda; éstos continuaron los trabajos en Chile por mar y tierra, con notable provecho de las almas, durante seis años; se portaron admirablemente cuando la peste se cebó en indios y españoles. El P. Juan Bautista Ferrusino fué encargado de gobernar el noviciado de Córdoba en sustitución del Padre Mateo Esteban, varón probo, el cual navegó con el P. Melchor Vanegas á las islas de Chiloé para proseguir las tareas apostólicas de los misioneros que le habían precedido.

Grabado Inserto en Historia del Reyno de Chile de Alonso Ovalle S. J:
CAPÍTULO V
SON EVANGELIZADAS LAS ISLAS DE CHILOÉ
Próximas á la isla de Chiloé, que antes hemos descrito, hay otras cuarenta, cual satélites alrededor de un planeta ó ramos cerca del tronco; su vista causa alegría, turbada con frecuencia por vientos repentinos y horribles tempestades; nunca se navega por el archipiélago de Chiloé sin grave peligro de que el mar se agite. Las costumbres de sus habitantes son iguales á las que tienen los de la isla mayor; idénticas sus casas y alimentos, pero su estupidez es mayor. En una de estas islas se establecieron ochenta españoles cuando los rebeldes chilenos destruyeron varias ciudades; allí edificaron un fuerte. La mayor parte de ellas están poco pobladas, y dan sus moradores por razón, que los piratas desembarcan frecuentemente y se llevan cuantos cautivos pueden, á fin de emplearlos en trabajos forzosos, no obstante la oposición de las autoridades. Las islas de Chiloé están administradas por un gobernador. Tan luego como los Padres Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino tuvieron orden de ir á ellas, se embarcaron; en alta mar los sorprendió una tempestad que los arrojó á la costa de Chile dominada por los insurrectos; bajaron de la nave y en vano solicitaron la celebración de una entrevista con los araucanos en las ruínas de Valdivia. Calmados los vientos prosiguieron su viaje, llegando felizmente al puerto de la isla mayor. Contaban los indígenas que en todos los sitios donde las misioneros celebraron misa durante su primera expedición, se veían luces prodigiosas y en medio un altar radiante y espléndido: estos milagros hicieron crecer el ascendiente de los Padres, quienes después de confesar á los españoles, aunque sabían muy bien lo peligrosas que eran aquellas aguas, navegaron en una barca, diciendo que sería indigna cosa temer las olas, cuando los piratas se exponían á su furor por apresar hombres, empresa indigna de ser comparada á la de salvar almas. Ningún sacerdote había en las cuarenta islas, excepción hecha del que moraba en la fortaleza de los españoles, por cuya razón, si bien se contaban numerosos cristianos, éstos eran ignorantes y no conocían el uso de los Sacramentos; nada sabían del matrimonio, de la confesión, de iglesias y de misterios católicos. Demasiado claro aparecía que quien los bautizó no pretendía el bien espiritual de los indios, sino su interés particular. En la primera navegación los misioneros recorrieron todas las islas en el espacio de seis meses; autorizaron seiscientos matrimonios; oyeron muchas confesiones y bautizaron quinientas veinte personas. En tan ardua tarea, los Padres iban por mar de un lado á otro, sufriendo males indecibles: tres veces estuvieron á punto de morir ahogados en medio de las olas; muchas otras se mojaron en tiempo frío, y así pasaron noches enteras al raso. Comían raíces y lo que arrojaba el mar. A causa de los naufragios se corrompían los víveres, y entonces carecían de lo más preciso; á pesar de tales tribulaciones sentían dulzura inefable pensando que servían á Cristo. En cierta ocasión hallaron un neófito viejo casi espirando, quien al ver los jesuitas, ostentando la cruz, lleno de alegría exclamó: Esta, oh Padre, es mi esperanza; armado con ella y despreciando supersticiosas medicinas, recobraré la salud. Después que hubieron recorrido las islas pequeñas, tornaron á la mayor, y yendo por las costas en una balsa visitaron los veinticinco pueblos que tenía, administrando el Bautismo y la Confesión y predicando con feliz éxito. Para concluir; en los dos años siguientes volvieron á estar en las islas, donde construyeron ochenta capillas en otras tantas aldeas y nombraron maestros de la doctrina cristiana. No puedo consignar cuántas personas bautizaron. Lo que afirmo es que con su constancia en soportar trabajos ganaron en estimación y recogieron frutos de alegría entre indios y españoles; el gobernador de las islas escribió al Provincial rogándole que no se ausentaran varones tan útiles. Los misioneros, en vista de lo mucho que eran venerados, daban á los neófitos cédulas autógrafas, con las cuales éstos ponían en fuga los demonios. Los españoles no se atrevían á molestar á los Padres, viendo que eran honrados por los ciudadanos más beneméritos. Tan poderosa es la virtud, que protege la inocencia y detiene á los culpables.

TOMO SEGUNDO * LIBRO QUINTO
CAPÍTULO X
DE LOS ASUNTOS DEL REINO DE CHILE
En la capital de Chile y su jurisdicción la Compañía convirtió algunos guarpos. No menos diligentes se mostraban los Padres que residían en Mendoza; entraron con banderas desplegadas en las tierras de idólatras y lograron insignes victorias contra el demonio. Pero quien soportaba las mayores cargas era el Padre Valdivia, el cual sin cesar animaba á los misioneros que trabajaban en las fronteras de los rebeldes, con su palabra y ejemplos. Gracias á su intervención muchos arancanos, zumbeIes, catarayes y de otras naciones, depusieron las armas é hicieron la paz con el rey de España y no pocos entraron en el seno de la Iglesia. El P. Melchor Vanegas, prefecto de las misiones en Chiloé, visitó por mandato del virrey peruano treinta y cinco islas del Archipiélago á fin de velar por la inmunidad de los indios; careciendo de remeros iba con otro compañero en una piragua á través de un mar proceloso y poniendo á las veces sus manos al remo; confesó á todos los neófitos, y bautizó trescientas ochenta personas con ayuda del otro Padre. Ocho meses invirtió en esta empresa, y pasados navegó al Perú para dar cuenta de su expedición al virrey; antes consoló á los indígenas. Tornó después á las islas y prosiguió en ellas sus apostólicos viajes. Mientras estuvo ausente, los rebeldes de Osorno en el continente y otras tribus enviaron una comisión al gobernador de Chiloé pidiendo un sacerdote cristiano, prometiendo que se acomodarían á las condiciones ofrecidas por el P. Valdivia en nombre del rey de España y abrazarían la fe católica con tal que cesaran las vejaciones de los soldados. Dispuso el gobernador que fuese á Chile Diego de Castañeda, clérigo secular, y éste halló que los insurrectos del interior deseaban á toda costa la paz; en las ruinas de Osorno bautizó quinientos indios, y en otros varios lugares gran número de los mismos. Mas la avaricia de algunos hombres se oponía á lo que era de esperar se alcanzaría; éstos posponían á sus intereses particulares, contra lo ordenado por el monarca y el Consejo de Indias, la salvación de tantos mortales y manchaban la fama del Padre Valdivia con torpes y nefandas acusaciones; pero éste, armado de paciencia, soportó con fortaleza las saetas que con saña le disparaban..




lunes, mayo 09, 2016

IMÁGENES DEL ARTE VIRREINAL HISPANOAMERICANO I



Matrimonio de Doña Beatriz Clara Ñusta Inca con Don Martín García Oñez de Loyola [circa 1690]

Por José Mansilla-Utchal


Me case
mientras mis tropas guerreaban en Vilcabamba
y porque mi padre había pactado y se hizo cristiano
Un caso típico:
no hubo declaración de contrayentes
ni pregón de edictos
ni amonestaciones.

Poema de Odi González (fragmento)




La pintura Matrimonio de Doña Beatriz Clara Ñusta Inca con don Martín García Oñez de Loyola, fue realizada en los finales del siglo XVII, casi un siglo después de ocurrido el evento. Pertenece al arte virreinal peruano y a la Escuela de Pintura Cusqueña. Se conocen al menos 6 copias en las cuales se introducen algunas pequeñas variantes entre uno y otro cuadro. Se encuentran en las iglesias de la Compañía del Cuzco y Arequipa, el Beaterio de Copacabana y el Museo Pedro de Osma en Lima. Las obras son de autor anónimo, con la excepción de las realizadas en 1762 por Marcos Zapata y que se encuentran en la Iglesia y Colegio de la Transfiguración del Cuzco. Tal cantidad de copias sobre el mismo tema habla del empeño en la divulgación del mensaje de estos lienzos. La imagen comentada aquí es la que se conserva en el Museo Pedro de Osma de Lima. Perú.

Descripción del cuadro:

En la parte superior izquierda está representado un grupo de dignatarios incas sentados delante de un conjunto arquitectónico pretendidamente aborigen. A la derecha un grupo de personajes vestidos a la manera castellana sobre un fondo de iglesias. En el centro de estas dos escenas el sol ignaciano con la inscripción IHS (Jesùs). En el primer plano estàn los esposos D. Martín García Oñez de Loyola y la princesa inca Da. Clara Beatriz Coya y a la derecha la princesa descendiente Da Ana Maria Lorenza García de Loyola Yupanqui con D. Juan Enríquez de Borja y Almansa. En el centro del cuadro y en un plano posterior se destacan las imágenes de San Ignacio de Loyola y Francisco de Borja. Ambos matrimonios se efectuaron en fechas muy dispares, por lo cual la representación alegórica de ambos enlaces y su multiplicidad de copias cumple un motivo funcional para quienes ordenaron su ejecución: La Compañía de Jesús. De cara a una mejor comprensión de la estirpe de ambas contrayentes, se incluye también el árbol genealógico de las Ñustas.

Biografía de los contrayentes:

1.- Don Martín García Oñez (1549-1598) Nacido en Azpeitia región vasca de Guipúzcoa. Sobrino nieto de Ignacio de Loyola, fundador y santo de la Compañía de Jesùs. Llegó al Perú acompañando al virrey Francisco de Toledo en 1569. Integrado al ejercito de Hurtado de Abieto inició la persecución del inca Túpac Amaru y su esposa a quienes atrapó a orillas de un río. Túpac Amaru fuè juzgado y condenado a muerte. El virrey le diò en matrimonio a la hija de Sayri Túpac: la ñusta (princesa inca), además de algunos repartimientos.  El encomendero fuè Gobernador de Potosí (1579-1582), Adelantado y gobernador del Río de la Plata, Corregidor de Huamanga y Huancavelica y finalmente Gobernador y Capitán General del Reino de Chile en 1592. Junto con García Oñez de Loyola arribaron a Chile los primeros ocho misioneros jesuitas. Instalado en Concepciòn, mientras estaba en las guerras de Arauco fuè sorprendido, a fines de diciembre de 1598, por los soldados mapuches en la cuesta de Curalaba donde encontró la muerte siendo decapitado. La Victoria de Curalaba fue un hito culminante de la resistencia indígena durante la Guerra Patria, ya que producto del levantamiento del toqui Pelantaru, fueron arrasadas las ciudades del sur, quedando el Chile hispano cortado en dos, quedando Chiloé como un aislado enclave español. Producto de la destrucción de Osorno se fundaron los fuertes de San Miguel de Calbuco y San Antonio de la Ribera de Carelmapu, en mayo y junio de 1603.

2.- Beatriz Clara Coya (1556-1600). Hija del Inca Sayri Túpac, a la vez hijo este de Manco II señor de Vilcabamba, el cual cuando murió, fuè sucedido por el padre de Beatriz quién murió al parecer envenenado. La niña, heredera de la encomienda y valle de Yucay, fuè separada de su madre y llevada al convento de Santa Clara del Cuzco. A los ocho años su madre la retiró para dejarla en casa de Arias Maldonado, un influyente conquistador. Se la quiso casar con un hermano de este, pero las autoridades coloniales no vieron con buenos ojos esta unión entre un miembro de una rica familia de conquistadores con una princesa incaica. También fue pretendida por un primo inca. Beatriz fuè devuelta al convento y permaneció allí hasta los 15 años cuando el virrey Toledo la diò en casamiento a García Oñez de Loyola. Cuando su esposo fue destinado a Chile, la princesa viajó acompañada de un gran séquito de servidores. En la ciudad de Concepciòn nació Ana Maria Coya de Loyola, la única hija del matrimonio. Luego de la muerte de su esposo Don García, la ñusta Beatriz regresó al Perú, instalándose en Lima donde murió en 1600.

3.-Juan Enriquez de Borja, caballero de la Orden de Santiago, capitán general de la Armada de Barlovento y consejero de Guerra de Felipe IV de España. Hijo de Álvaro de Borja y Aragón, y de Elvira Enriquez  de Almansa, marquesa de Alcañices. Estaba emparentado con los duques de Gandía y el Lerma. También ligado a la Compañía de Jesùs, a través de San Francisco de Borja y Aragón II General de la Compañía.

4.- Ana María Lorenza de Loyola Coya (1593-1630), Adelantada del valle de Yupanqui y marquesa de Santiago de Oropesa para quién el rey Felipe III creó el título en 1614. Nació en Concepciòn en 1593, hija de Martin García Oñez de Loyola y la ñusta Beatriz Clara Coya. Cuando en 1600 quedó huérfana fuè enviada a España, estableciéndose en Valladolid, quedando al cuidado de un familiar de su padre. Al cumplir 18 años se le escogió como esposo a Juan Enriquez de Borja. Circa de 1615 la pareja viajó al Perú en la comitiva del príncipe de Esquilache. Se estableció en Lima y hacia 1620 pasaron al valle del Yucay (actual Urubamba), regresó a Madrid, donde la marquesa falleció en 1630. Tuvo en descendencia 4 hijos varones y 4 mujeres.

Comentario:

La participación de las mujeres en el período de la conquista es escasa. Son conocidas algunas europeas e indígenas de las altas capas sociales, las que tuvieron alguna participación relevante: pero poco se sabe de las indígenas y mestizas de las capas sociales bajas. Las escasas referencias configuran que las nativas fueron tomadas por la fuerza por el conquistador. Las mujeres de las elites americanas fueron dadas y tomadas en matrimonio con el objeto de favorecer alianzas, satisfacer el apetito sexual y ejercer labores de sirvientas: Las princesas incas se unieron a los conquistadores en calidad de mancebas o esposas.

En el caso específico del enlace de la ñusta Beatriz Clara Coya y D. García de Loyola, la monarquía reconoce la dinastía inca, con un claro mensaje hegemónico: La hija de un inca muerto por los españoles es dada en recompensa al español que apresa al último jefe inca. El esposo es además un descendiente indirecto del fundador de la orden de la Compañía de Jesùs en cuya aceptación el esposo acepta este enlace para servir al rey, aunque la novia “fuese india”, si bien detrás de esta voluntad de servicio también pesaba la herencia cuantiosa de la princesa. Con esta pintura emblemática los jesuitas pretendían divulgar los vínculos que esa orden tenía con la nobleza indígena a través de los descendientes de sus fundadores, mediante un mensaje providencialista, pero además con designios políticos.

La circunstancia que la ñusta Ana María Lorenza aparezca vestida con un atuendo español (se ha reemplazado la ttica por un pañuelo en su mano izquierda y està adornada con flores en la cabeza y pendientes en las orejas) y que sus rasgos y el color de su tez sea más pálida que la de la madre es ya una alegoría del mestizaje indiano en figuras que si bien legitimaban un pasado indígena reciente también se encontraban ligados a las elites españolas conquistadoras. Su indumentaria es una huella de la aculturación americana a partir de la conquista.  En cambio su madre la ñusta Beatriz, como símbolo de mestizaje, està ataviada con la lliclla inca que le cubre los hombros, tomada por delante con un Tupu y vestida con el acso bordado en su parte inferior y bajo este se asoma el brocado de las vestiduras españolas; el brazalete en su brazo izquierdo parece ser de influencia hispana o una chchipana que usaban los hombres.

En el grupo superior izquierdo se encuentra a Sayri Túpac, el 2º Inca de Vilcabamba que salió pacíficamente de sus reductos para convertirse al catolicismo y recibió en compensación del virrey Hurtado de Mendoza las tierras del Yucay, es padre de la ñusta Beatriz. Al lado derecho la coya Cusi Huarcay, hermana y esposa de Sayri Túpac madre de la ñusta Beatriz. Al centro el Inca Túpac Amaru I, 4º Inca  de Vilcabamba. Toledo, el virrey del Perú envió una expedición a Vilcabamba en su contra, donde derrotadas las huestes de Túpac, fue perseguido hasta ser apresado y llevado al Cuzco fue condenado a muerte. En el cuadro està sentado debajo de la sombrilla hecha de plumas de pájaros llamada achiwa que sólo podía usar el inca. Ambos incas portan en su mano derecha el sunturpaucar (el cetro del poder), las piernas adornadas con saccsa y los pies con usutas doradas; le ciñen la cintura la topaco sobre el uncu (faldellín); la cabeza ataviada con plumas de ccorenkante amarradas al mascaipache de donde desciende el puyllu o borla.

Al centro refulge el astro solar, representación del dios Inti y que después de la conversión de los inca al catolicismo por medio de la catequesis de los jesuitas, el símbolo inca se transforma en un nuevo “sol de justicia”, en el cual resplandece el monograma JHS (Jesus Homini Salvator), el emblema de la Compañía de Jesus. Esto se encuentra más reforzado con la presencia en la parte central de cuadro de los santos Ignacio de Loyola y Francisco de Borja, el último de los cuales sostiene una calavera que hace alusión a la renuncia del mundo y recuerda la muerte de la Emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, de la cual Borja era caballerizo. La muerte de la Emperatriz a los 36 años, parece ser la causa de la conversión de Francisco, ya que escribió en su Diario: “Por la emperatriz que murió tal día como hoy. Por lo que el Señor obró en mi por su muerte. Por los años que hoy se cumplen de mi conversión”. La emperatriz murió en Toledo y Francisco escoltó su cuerpo hasta Granada, cuando se descubrió el féretro para reconocer su identidad, al ver el rostro descompuesto de aquella que el mundo había  admirado por su belleza dijo: “He traído el cuerpo de nuestra Señora desde Toledo a Granada, pero jurar que es ella misma, cuya belleza tanto me admiraba, no me atrevo… Sí, juro reconocerla, pero juro también nunca más servir a señor que se pueda corromper”.


Los jesuitas crearon colegios para nobles donde se instruía la elite, esto le permitía acceder fácilmente al poder, No es extraño entonces que tuvieran grandes enemigos en las cortes. Su consecuencia doctrinaria y celo pastoral, le permitieron grandes logros evangelizadores cuyos efectos aún se aprecian y reconocen en la religiosidad popular de Hispanoamérica.

sábado, mayo 07, 2016

CHILOE Y LOS JESUITAS SEGUN NICOLAS DEL TECHO

NICOLÁS DEL TECHO
HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
TOMO SEGUNDO * LIBRO TERCERO

CAPÍTULO XVIII
LA COMPAÑÍA SE ESTABLECE TEMPORALMENTE EN LA ISLA DE CHILOÉ
Chiloé, apéndice marítimo del reino chileno, tiene de longitud cincuenta leguas y siete de anchura; es su forma la de un brazo encorvado, en vez de ser cuadrada, como afirmaban en otro tiempo los geógrafos. La parte meridional dista poco del continente, del que la separa un estrecho, y penetra en un golfo, cual si no quisiera apartarse mucho de la tierra firme; la septentrional se dirige hacia el interior del Océano. Toda ella es montuosa y desigual; en bastantes sitios pantanosa y expuesta á fríos rigurosos, como situada en los cuarenta y tres grados de latitud austral. En medio del estío soplan á veces vientos helados, lo mismo que en invierno, y se oponen á que los frutos lleguen á debida sazón. A poco que se escarbe se encuentra una arena rojiza y seca, inútil para la vegetación. Sin embargo, hay árboles tan corpulentos que de uno se podían hacer muchos, según atestigua Ovalle. Lo que resulta inútil para el arado se destina á plantaciones. Dada la esterilidad del suelo y la inclemencia del cielo, el país es miserable; de manera que una raíz insulsa que se cultiva produce tan sólo cinco veces la simiente. Al Norte de la isla, algunos españoles, huyendo de las ciudades saqueadas por los rebeldes araucanos, habían fundado el pueblo de Castro. Los ingleses lo devastaron en el año 1600 y no quedaron más que treinta ciudadanos. En otra isla vecina que luego describiremos, había una fortaleza guarnecida por ochenta soldados españoles, quienes, careciendo de lo necesario, molestaban no poco á los indefensos naturales del país. Estos vivían solamente de lo que produce el mar, así que residían en la costa antes de que llegasen los europeos; luego, temerosos de vejaciones, se retiraron al interior, y viviendo en montañas escarpadas compraron su libertad á costa de suma pobreza. Llevaban cubiertas las partes vergonzosas con una red de conchitas engarzadas; lo demás al aire. Cuando la isla fué descubierta contaba quince mil familias. Cada año enviaba el gobernador de Chile un buque que llevase á los españoles lo que necesitaban; nadie iba á Chiloé sino en tal ocasión. En aquellas islas se usan barcas hechas de tres tablas cosidas con cuerdas bastas y tapadas las rendijas con corteza de árboles macerada. Nunca se va en tales embarcaciones, llamadas piraguas, sin grande riesgo. Mayor todavía lo ofrecían los chilenos sublevados, frente á cuya costa se hallan dichas islas. Teniendo en cuenta los peligros del mar y de los rebeldes, unidos á la áspera condición de cielo y tierra, no es de extrañar que tales islas sean el último rincón del mundo y la mansión de la indigencia. Mas esto mismo aguijoneaba la voluntad de los misioneros, deseosos de padecer trabajos por dilatar el imperio de Cristo.


CAPÍTULO XIX
EJERCEN SU MINISTERIO LOS JESUITAS EN EL PUEBLO DE CASTRO.
Fueron á la isla de Chiloé los PP. Melchor Vanegas, á quien el P. Nieremberg comparó con los más notables de la Compañía, y Juan Bautista Ferrusino; iban enviados por el Padre Diego de Torres. Luego que por mar y tierra hicieron desde la capital de Chile un viaje de doscientas cincuenta leguas, llegaron á Castro y fueron benévolamente recibidos por los españoles. El gobernador de las islas les dió una casa en la que se instalaron; arreglaron una capilla y en seguida comenzaron á purificar las conciencias mediante la confesión; después se dedicaron á la enseñanza de los indígenas. Algunos sacerdotes seculares habían opinado que éstos eran incapaces de recibir los Sacramentos y así los tenían descuidados, por lo cual muy pocos recibieron otro Sacramento sino el Bautismo. Los jesuitas en cuatro meses doctrinaron á los indios, de manera que éstos llegaron á saber tanto como sus dueños: apenas aprendieron los dogmas cristianos, no solamente confesaron, mas también con admiración de los españoles se acercaron á la mesa del altar. Devoción tan grande mostraba aquella gente, que antes de amanecer acudían a los Padres, quienes no tenían tiempo siquiera de comer, ni punto de reposo; aprovechándose los misioneros de tan felices disposiciones como veían en los isleños, hicieron de ellos cuanto quisieron. Los concubinatos fueron trocados en matrimonio; ratificadas las uniones contraídas por la violencia y, por lo tanto, nulas; ninguno dejó de perdonar las injurias, y los mismos dominadores, conmovidos con tales ejemplos, trataron más blandamente á sus vasallos, los hombres más desgraciados del mundo. Finalmente, de toda la isla fueron llevados los muchachos á los religiosos con objeto de que éstos les enseñasen la doctrina católica, y ellos á su vez la comunicasen á sus compatriotas.

CAPÍTULO XX
RECORREN LOS JESUITAS LA ISLA DE CHILOÉ; FRUTO QUE SACARON DE SUS MISIONES.
Después que permanecieron los Padres cuatro meses en el pueblo de Castro, durante el mes de Julio se embarcaron en un esquife sin temor á las olas del Océano y visitaron las aldeas de la isla, que eran veinticinco. Sus habitantes no conocían de los sacerdotes otra cosa que las vejaciones; cuando supieron que los iban á visitar los jesuitas, cuya virtud conocían, los esperaron benévolamente y recibieron, ya que otras cosas no podían hacer, con arcos triunfales hechos de ramos; los jóvenes y las doncellas, á estilo de suplicantes, llevaban en la cabeza coronas de flores y delante una cruz adornada de igual manera, precediendo á los Padres. Todos ofrecían á éstos en canastillos ostras, peces, huevos y aves; recibieron en cambio agujas, alfileres, anzuelos, gargantillas de vidrio y otras cosas muy apreciadas por los indios; unos y otros experimentaban inmensa alegría que se traducía en lágrimas. Los misioneros se detuvieron cinco días en cada aldea donde predicaban en una capilla provisional; visitaban los enfermos; refutaban las supersticiones, penetrando en el centro de la isla y en sus más ocultos rincones; bautizaban á quienes se hallaban dispuestos, y á los restantes daban buenas esperanzas de concederles igual beneficio en otra expedición, si entonces lo merecían. Oyeron las quejas de aquellos infelices y prometieron intervenir con las autoridades á fin de evitar que los soldados los oprimiesen en adelante, afirmando que darían su vida por el bienestar de un solo indio. Los isleños, comparando las condiciones de los demás sacerdotes con la templanza y virtudes de los jesuitas, daban á éstos nombres amorosos, cuales eran los de padres y madres. Los consideraban como santos varones celestiales, y así les querían tributar honores que los religiosos rechazaban. Seis meses tardaron éstos en visitar la isla; bautizaron gran número de personas, autorizaron mil quinientos matrimonios, oyeron dos mil confesiones y exhortaron á todos á conservar la fe de Cristo. Después fueron á otra isla para ejercer su ministerio con los soldados españoles, y regresaron á Castro. Desde aquí se dirigieron por mar á los pueblos de la isla y obtuvieron copioso fruto. El gobernador, viendo lo útiles que eran los Padres, escribió al Provincial Diego de Torres rogándole que no privase á los indios de varones tan celosos.



domingo, mayo 01, 2016

1 DE MAYO HONOR A LA LUCHA OBRERA

1 de mayo: honor a la lucha obrera
 
El Día del Trabajador reconoce la dignidad, justicia social y conquistas laborales.


El 1 de mayo es una fecha que enaltece la lucha obrera y la sublevación justa por los derechos laborales


Este día rememora a mártires que tuvieron la valentía de defender su dignidad en tiempos de duras jornadas de hasta 10 y 12 horas en Estados Unidos, por ejemplo, donde la ley estaba al margen de las explotaciones, el maltrato y la injusticia que padecían los trabajadores.

En muchos países, el 1 de mayo es propicio para resaltar la labor obrera y mejorar sus condiciones. Esto fue producto de un hecho histórico que marcó un antes lleno de periodos esclavistas y un después que aún sirve para reconocer la tarea obrera, sobre todo en los gobiernos progresistas.

Dia Internacional del Trabajador. El Origen

Todo comenzó en EE.UU. en 1886, cuando los trabajadores desataron una lucha para establecer una jornada laboral de 8 horas, mediante la división de las 24 horas del día así:

8 horas para trabajar, 8 para para el descanso y 8 para el hogar y esparcimiento.

Sin argumento legal, los empleadores sometían a los obreros a trabajar más de 10 horas. La única limitación legal a nivel laboral que existía era que en algunos estados de ese país multaban a un patrono (25 dólares) por hacer trabajar a una persona más de 18 horas.
Los trabajadores que no recibieron el beneficio comenzaron la huelga el 1 de mayo de 1886. En Chicago, los enfrentamientos se tornaron sangrientos entre la policía y los trabajadores.
En noviembre de 1884 se celebró en Chicago el IV Congreso de la Federación Americana del Trabajo, en el que se propuso que a partir del 1 de mayo de 1886 se obligaría a los patronos a respetar la jornada de ocho horas, de lo contrario, se iría a la huelga.


El 4 de mayo de 1886, la tensión llegó a su máximo punto y estalló una bomba en la plaza de Haymarket que mató a un agente.
Más de 30 trabajadores que protestaban fueron detenidos, 8 de ellos condenados a muerte, tres fueron a prisión y 5 murieron en la horca.

Los obreros organizados paralizaron la producción del país, con más de cinco mil huelgas.

En 1889, en honor a los cinco trabajadores asesinados, conocidos como "Los mártires de Chicago", se declaró el 1 de mayo: Día del Trabajador, por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional.
La lucha de 350 mil trabajadores en las calles de EE.UU. logró el objetivo, y desde entonces, el 1 de mayo se convirtió en una referencia reivindicativa de los derechos de los trabajadores en sentido general celebrada en todo el mundo.
Dia del Trabajador en el mundo actual

En el Día del Trabajador se realizan desfiles y marchas cívicas en más de 140 países, con discursos reivindicativos y medidas gubernamentales que reconocen a la fuerza laboral en el sector público y privado. 
La fecha también es propicia para que la clase obrera en todo el mundo se conglomere para denunciar derechos vulnerados por gobiernos neoliberales y solicitar políticas de atención a sus inquietudes.
Sabías que no fue tan fácil instituir el 1 de mayo como día de fiesta porque se oponían rudamente las empresas y, desde luego, no lo pagaban.


Por otra parte, en Europa es común que los 1 de mayo se conviertan en fechas de enfrentamientos . Activistas en Francia, Italia y España salen a reclamar por las marcadas tasas de desempleo. Las calles tienden a llenarse de personas pidiendo empleos de calidad, techo, dignidad, justicia social y otros lemas.

Tomado parcialmente de TELESUR,