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domingo, julio 26, 2015

EL VECINDARIO URBANO DE CALBUCO (1840.1860)

El Vecindario Urbano de Calbuco
entre 1840-1860. Propietarios
________________________________________________________

JOSE D. MANSILLA-UTCHAL ALMONACID

LISTADO PRELIMINAR

En el Archivo Nacional de Santiago de Chile se conservan algunos volúmenes de Escrituras Notariales de Calbuco desde donde hemos extraído una lista de propietarios de Bienes Raíces en la isla de Calbuco en el siglo XIX. Todos están comprendidos entre el período de 1840-1860 porque estimamos que es durante este período cuando confluye la población calbucana asumiendo características de centro urbano.



Consideramos aquí como centro urbano la concentración de personas que establecen sus viviendas en un determinado lugar geográfico, dando existencia a un foco administrativo, productivo, comercial, con reglamentación del uso del suelo, el establecimiento de límites jurisdiccionales para la tributación,  la administración de justicia y la ordenación global de  la vida social. Hacia 1850 Calbuco cumple medianamente este requisito y la villa es estimada urbana por los representantes del vecindario y las autoridades centrales del país.


La primera fijación de límites urbanos de la villa de Calbuco es dada por los Jueces para determinar la jurisdicción de las Policías Urbana y Rural. Posteriormente los límites urbanos serán fijados por el Consejo de la Ilustre Municipalidad en 1875. En esa oportunidad la Corporación fijó los límites urbanos de los pueblos de Calbuco, Carelmapu y la villa de Maullín. El lindero urbano de Calbuco estaba comprendido al norte y este con el mar, dando principio desde el arroyo de Curaco hasta el que bajaba frente de la casa de Nieves Lemus; al sur una línea que siguiendo el arroyo citado concluía en el extremo oeste de la iglesia; y al oeste una línea desde el extremo oeste de la iglesia hasta el arroyo de Curaco, pasando por el oeste de la casa de Lorenzo González (-).


El pueblo de Calbuco –cuyos orígenes se remontan a la instalación de un fuerte español en tierra conquistada en una isla situada en el limes meridional del vasto territorio amerindio cuando el imperio español está en su apogeo y las chozas de madera cubiertas de paja brava, dispersas alrededor del fuerte que fue llamado San Miguel- fue  fundado, posiblemente, el 08 de mayo de 1603 por el segoviano Francisco Hernández Ortiz-Pizarro, recordando la Aparición del Arcángel San Miguel el 08 de mayo de 490 en el monte Gargano (2).


En los inicios de la segunda mitad del siglo XIX, el poblado languidecía tumbado hacia el lado del mar. Hacia 1860, en el  sector noreste del accidentado terreno de la isla se levantaba el caserío de madera, de construcción simple, de techos de dos aguas, colocadas desordenadamente y sin pintura exterior, cuyo aspecto grisáceo infundía cierta tristeza en el viajero (-).


Contaba con dos plazas: O’Higgins y Municipal y ocho calles, denominadas: Justis, Ministro Covarrubias, Ministro Errázuriz, Ministro Portales, Echevers, Argomedo, Gutiérrez y Camilo Henríquez. Frente a la plaza principal, por lado oeste, estaba la iglesia parroquial la que fue abandonada en 1861 cuando el 27 de octubre de ese año un rayo destruyó su frontis. Recién en 1874 comenzó su reconstrucción (-).


Otros edificios importantes eran la Gobernación, también ubicada frente a la Plaza, franqueada por una tapia y la Escuela Nº 1 de hombres, de propiedad municipal. Existía el edificio del cuartel de cívicos, contiguo a la pequeña y destartalada cárcel donde convivían juntos los hombres y mujeres presos. Tenía el pueblo un Juzgado de 1ª instancia, un establecimiento del estanco del tabaco, una notaría y varias casas comerciales muy alicaídas.El desarrollo urbano, la ejecución de obras públicas, viales, refacción de calles, etc., era mínimo por el escaso presupuesto municipal y la casi nula inversión del Estado.



La lista que publicamos, aunque incompleta, nos da una aproximación al conocimiento de un grupo de vecinos urbanos que formaban la sociedad del pueblo en la segunda mitad del siglo decimonono.La reconstrucción no es fácil; porque en septiembre de 1853 un incendio destruyó casi la mitad del poblado. El siniestro ocurrió de noche en medio de una tremenda tempestad. Los vecinos amagados no pudieron salvar nada de sus enseres, conformándose con salvar la vida entre la ventisca, las llamas y la lluvia. Después de este infausto una gran cantidad de vecinos se estableció en Puerto Montt, dando origen a otro éxodo masivo de calbucanos, según la noticia publicada en El Mercurio de Valparaíso de la época (-).



Vista de Calbuco (La Vega desde calle Sargento Aldea) 1945 circa


LISTADO PRELIMINAR DE VECINOS PROPIETARIOS EN CALBUCO (1840 – 1860  circa)

La lista indica el nombre del propietario, su propiedad y el año que aparece efectuando ventas, hipoteca o señalado como colindante.

PROPIETARIO
BIEN RAIZ  (ACCION JURIDICA)
AÑO

Benigno Almonacid Oyarzún

Casa en calle pública  

1848
Desiderio Alvarado      
Una casa de 13½ varas de Largo y 10 varas de ancho
Vende a Fermín Balderas
1860

Remigio Andrade
Un terreno en calle publica Vende a Vicente Gómez
1847
Carmen Barril  
Un terreno en la calle pública que baja a al marina vende a
José Mansilla      
1858
Antonio Bórquez
Una casa con sitio
1852, 1855
Julián Cárcamo           
Una casa de 10 varas de largo
1854
Juan Contreras
Un terreno cerca de la marina. Vende a Carlos Gallardo
1846
Miguel Chávez
Un terreno                   
1860
José J. Dañino
Una casa en la esquina de la calle pública en la calle que baja al río de Contreras; vende a Vicente González                     
1853
Un terreno; vende  a Alejandro  Mansilla          
1853
Casa de alojamiento, que era de Juan Bautista Torres de 12 varas  de largo y 12 varas de ancho entre los terrenos de Alejandro Mansilla y Paulo Velázquez
         1853

Carlos Gallardo           
Un terreno en la calle principal. Vende a Francisco Pérez
1847
Un terreno en la esquina de la  calle pública; compra a la Municipalidad.       
1857
Un terreno en la calle principal; Vende a Francisco Pérez
1847
Un terreno en la esquina de la  calle pública; compra a la Municipalidad.                              
1857

Javier Gallardo
Una casa
1851
Diego Gallardo  
Una casa frente a la de Martín Goycolea. Vende a Esteban Gómez
1846

Isidro Gallardo 
Casa esquina en la calle principal Vende a Juan Oyarzun
1846
Santiago García
Un terreno       
1854
Antonio Gómez
Una casa en calle pública. Vende a Justo Villegas
1861
Pedro Gómez
Una casa
1852
Vicente Gómez            
Una casa en esquina
1852
Propietario del Potrero  llamado Pampa de Instrucción        
1852
Una casa en Punta Blanca
1852
Un terreno de 35x40 metros entre  la  calle que baja  a la playa, la plazuela de la cárcel y la marina; vende a Nicolás Barceló
1862
Juan de Dios González
Un sitio que colinda con los terrenos del Cabildo; vende a Eleuterio Maldonado
1846

Felipe Gutiérrez
Un cuarto de tienda que colinda con Juan Pío Garay
1855
Fernando Gutiérrez      
Una casa en la esquina de la calle pública en la calle que baja a la mar        
1855
José María Gutiérrez   
Una casa
 1855
Matías Gutiérrez
Una casa en calle pública. Vende a Eleuterio Balderas
 1848
Guillermo Guzmán
Un terreno en la esquina de la calle que sube de la playa y la calle principal      
1846
Manuel Lobos  
Una casa        
1859
Mariano Lorca
Una casa
1844, 1847
Eugenio Maldonado     
Un terreno. Vende a Manuel Vargas       
1847
Ventura Maldonado
Un terreno       
1854
Cayetano Mansilla
Una casa en la calle que baja a la playa  
1852 
José Mansilla  
Una casa en la calle que baja a la playa
1852
Manuel Mansilla
Un terreno con tres casas de once, ocho y siete varas cada una en la calle que sigue a la Guardia, donde tenía dos  de comercio.           
1855
Manuel María Manzano
Una casa en la calle que baja a la playa  
1857
Juan Molina     
Una casa        
1852
Francisco Moreno
Una casa que vende a Nicolás Balderas   1855
1855 
-Un terreno que colinda con el barranco de La Vega

José Joaquín Moreno
Una casa con cuarto para tienda
 1855
Antonio Murga
Vecino del comercio de Ancud. Una casa de 8½ varas en la calle; vende a Mariano  Vargas   
 1860

Agustín Pérez
Un terreno que colinda con el barranco  de La Vega
1852
Francisco Pérez
Una casa lado terrenos parroquiales    
1853
Domingo Pitalua
Un cuarto de tienda al lado de la casa de José Ramírez
1844
Antonio Olavarría
Una casa
1846
Luis Olavarría
Un terreno
1854
Juan Oyarzún
Una casa
1847
Eleuterio Ramírez
Un terreno
1855
José Ramírez y Marcelina Molina
Dos casas, una con un cuarto para comercio
1852
Santiago Silva
Un sitio que permuta a Domingo Pitalua
1847
Lorenzo Soto
Una casa esquina de 15¾   x16 1/3  varas frente a la casa de
Domingo Pitalua y José María González; vende a Remigio Andrade
1845
José Sotomayor
Una casa, tienda y bodega en el Alto del puerto llamado del Estado
1844
Bautista Torres
Terreno frente a la calle que baja a al playa
1853
Juan Ulloa
Una casa en calle pública. Vende a Diego Gallardo
1846
María Ureta
Una casa
1848
Cirilo Uribe
Una casa que colinda con Diego Gallardo
1846
Mariano Uribe
Una casa de once varas en la calle que baja a la calle con dos cuartos para tienda. Vende a Antonio Murga
1858
Santos Uribe
Casa en la calle principal

Un terreno arriba del río Público
1847
Manuel Vargas
Una casa; vende a Bernardo  Miranda
1855
Mercedes Vargas
Un terreno que colinda con el barranco de La Vega
1855

Vecinos de La Vega
Fray Guillermo Guillermi
Una casa
1857
Ramón Gutiérrez
Un sitio
1862
José Manuel Pérez
Un sitio de 88x44 varas a la salida del pueblo en la calle derecha  para La Vega
1856
Miguel Raipani
Un terreno
1862
Nieves Nahuelneri
Un terreno
1862
Jacinta de la Torre
Una casa y 5½ cuadras de terreno; vende a Remigio Alcalde 
1862
Valentín Villarroel
Un sitio           
1862

Vecinos de la Punta Blanca
Francisco Barría
Un terreno al lado del río Curaco     
1846
Señoras Barría
Un terreno grande
1846
Agustín Cisneros
Una casa
1846
Vicente Gómez                     
Una casa entre Mateo Velázquez y las señoras Barría, al costado de la ciénaga del río Curaco
1854
Gregorio Muñoz
Un terreno; vende a Gregorio González
1854
José Sotomayor
Un terreno
1846
José Soto
Un retazo de terreno. Vende a  Nicolás Gallardo
1848
Lucas Venegas           
Casa costado del río Curaco. Rematada por Pedro Gutiérrez
1833
Vecinos de la Punta Aicho
Fernando Andrade       
Un terreno
  1861
Juan Bórquez  
Un terreno
 1861
Juan Uribe                  
Un terreno
 1861
Hermanos Velázquez   
Un terreno de 2 cuadras. Vendido a Pedro Vargas         
 1861

NOTAS
(2) José Mansilla-Utchal Almonacid: Leyenda dorada de las Luminarias de San Miguel de Calbuco (Inédito)










jueves, junio 25, 2015

CALBUCO. IMAGENES PARA EL ARTE DE LA MEMORIA


CALBUCO. IMAGENES PARA EL ARTE DE LA MEMORIA

Sergio O. Vargas Almonacid, José D. Mansilla-Utchal Almonacid y José M. Vivar Díaz. Calbuco. Imágenes para el Arte de la Memoria (Vol 1). Calbuco, Ediciones Caicaén, Impresión América Impresores (Edición financiada con Aportes de Municipalidad de Calbuco y Agrupación Cuadernos de Caicaén, Calbuco), 2013, 182 páginas, fotografías.

Portada del Libro (14x21 cmts) 

Un repositorio fotográfico de Calbuco sin duda valioso e indispensable desde todo punto de vista, de momento que reúne en este primer volumen, imágenes que dan cuenta de lo que ha sido y es esa ciudad. En él vemos lo que tiene de entrañable y memorable dicha ciudad, para todos sus habitantes y para todo aquél que desee acercarse al conocimiento de ella, pues estamos ante su paisaje, sus instituciones, sus catástrofes, sus celebraciones (religiosas y profanas), sus personajes, la práctica deportiva, las visitas destacadas, en fin, todo lo que es parte de su desenvolvimiento en el tiempo.

La obra comienza con una presentación en la cual los autores declaran que su intención – modesta, al decir de ellos – no era otra que “ poner al alcance de los calbucanos y de quienes se interesan en nosotros como pueblo, parte de su acervo iconográfico, un inventario catastral preliminar de las imágenes del pasado calbucano” (p. 10). Luego, siguen la Introducción y un pequeño texto en que se presenta a Calbuco, llamado “Calbuco: la Isla de las Aguas Azules y el Archipiélago Mágico. Calbuco en la Región de Los Lagos”, ambos escritos a cargo de José Mansilla-Utchal Almonacid, connotado historiador de la vecina ciudad de Calbuco y uno de los mayores divulgadores de su cultura. En el primero de ellos, don José Mansilla-Utchal hace la declaración expresa: “La fotografía consigue preservar en el tiempo la grandeza de los instantes, la trascendencia de los acontecimientos, los pequeños actos comunes, la relevancia de algunas escenas. Con todas estas imágenes es posible conformar la memoria colectiva…” (p. 14), con lo que nos hace recordar a Pierre Nora, cuando leemos en la obra “Pierre Nora en Les Lieux de Mémoire” (traducción al castellano de algunos de sus textos): «La memoria es la vida, siempre encarnada por grupos vivientes y, en ese sentido, está en evolución permanente, abierta a la dialéctica del recuerdo y de la amnesia, inconsciente de sus deformaciones sucesivas, vulnerable a todas las utilizaciones y manipulaciones, capaz de largas latencias y repentinas revitalizaciones.»

Este trabajo, en el cual básicamente se presentan fotografías de la colección de don Sergio O. Vargas Almonacid, que era acreedor de una gran presentación en público, fundamentalmente en la tierra calbucana, se dio a conocer casi en silencio, en razón de que inesperadamente falleció don Sergio, y, su “lanzamiento” fue dejado para otra oportunidad.

TOMADO DE: Ediciones Revista “Llanquihue Historia”.

Página 60 del libro: "LECHERAS DE SAN RAMÓN"

miércoles, junio 10, 2015

BARRUEL: MEMORIAS DE CHILOE Y PUEBLOS SEPTENTRIONALES EN EL SIGLO XX

Esteban Barruel. Memorias de Chiloé y Pueblos Septentrionales en el Siglo XX.
Apuntes para la Elaboración de una Historia Oral. Achao-Ancud-Castro- Chonchi-Dalcahue-Puqueldón-Queilen-Quellón-Quemchi-Calbuco-Carelmapu-Maullín-Pargua-Puerto Montt.
Ancud, Edición Trama Impresores de Concepción, 2013, 561 páginas, fotografías.



Un libro de gran formato, en el cual Esteban Barruel, – seudónimo literario del historiador calbucano Roberto Barría –, ha querido establecer un registro vía entrevista de los recuerdos, de la memoria, de las “cosas que han sucedido y todavía están presentes”, en cada uno de los mayores de las distintas ciudades y pueblos que componían el Chiloé colonial, a quienes grabó en conversación, y, que es valorable, en razón de que las reproducciones arrojan luces esclarecedoras, respecto del pasado de esta zona, de lo que ya no es y fue, pero que permanece sin irse de las memorias.

El libro se abre con una presentación del Doctor en Historia Rodolfo Urbina Burgos, la cual nos hace reparar en lo válido del trabajo de Barruel, exalta su trabajo como un aporte para la Historia Oral de la gente común y, declara concretamente el aprecio por las entrevistas hechas, pues se está recogiendo, para los tiempos venideros, lo que recuerdan, lo que pueden rememorar y conversar personas que conocieron otros tiempos, muy distintos a los actuales en donde lo colectivo casi no tiene sentido. Acto
continuo, el autor nos ofrece una Introducción, en la cual informa que la elaboración de este libro se inició el año 2006, con un trabajo de campo, llevado a cabo en distintos sitios que componen los pueblos septentrionales y el Chiloé del siglo XX, para seguidamente ilustrarnos acerca de lo que es la Historia Oral, sin olvidarse de indicarnos los propósitos de la investigación, el contexto temporal y espacial y las fase y procedimientos.

En este texto podemos encontrar lo que recuerdan personajes tan destacados como Mario Barrientos Vivar, Oscar Heisele Quempowski, Floridor Cárdenas, Luis Rojas Quijada, Luisa Subiabre, por nombrar algunos, pero, en último término, se disfruta leyendo lo que responden los 63 entrevistados, cuando son preguntados por el historiador Esteban Barruel.


TOMADO DE: Ediciones Revista “Llanquihue Historia”.

lunes, junio 01, 2015

LAS MANOS MANCHADAS DE CHILE

Las manos manchadas de Chile
Vivian Lavín A. | Domingo 31 de mayo 2015 12:17 hrs.
8

Marcharon con las manos en alto. Ay, de despertar yo vengo/ con mi carita negra/ que nuestra gente aquí/ se está muriendo… Entonaba el grupo de estudiantes de Teatro de la Universidad Católica que inició la marcha del jueves pasado por el centro de la capital. Con los rostros y las manos teñidas de blanco realizaron lo que ellos denominaron El Funeral de la Libertad: un lamento triste y cadencioso. Ay, de despertar yo vengo/con mi carita negra/ que me han venido a decir/ que nada está sucediendo./ Negra es la herida,/ canto yo a los cuatro vientos./ Roja es la herida/ que lleva mi descontento.


Era una suerte de llanto colectivo, por la violencia, por la muerte de dos de los suyos hace unas semanas, por el grave estado de salud de otro… El dolor y la peregrinación de más de cien mil jóvenes fueron ignorados. Los medios de comunicación tradicionales ni siquiera mencionaron la estética y ética de su paso por la Alameda, menos aún cuando de rodillas y con los brazos en alto hacían su rogativa por la libertad frente al Palacio de La Moneda. En cambio, a la vieja usanza de los métodos de desinformación y manipulación de la dictadura, las pantallas de televisión y los diarios sobre esa jornada desplegaron las imágenes de los destrozos causados por un puñado de antisociales que de manera inaudita supera a Carabineros… ¿un cuerpo policial que se considera uno de los mejores del mundo?
Las manos blancas e impolutas de nuestros jóvenes frente al palacio presidencial fueron un llamado a nuestra conciencia. A la conciencia de un país dominado por quienes tienen las manos teñidas de sangre o de corrupción, y que se niegan a mostrarlas, que las esconden, las disfrazan. Manos pertenecientes a una clase política y empresarial, eclesiástica y jurídica, en su mayoría cómplice cuando no culpable, de una forma de contagio que ha hecho de Chile un país enfermo.


Nuestros jóvenes son nuestros Semmelweis. Ese obstetra húngaro cuyo nombre completo era Ignác Fulöp Semmelweis, quien ha sido reconocido como personaje del año por la UNESCO, no a manera de homenaje, sino que como un muy tardío acto de desagravio, a quien demostró, hace 170 años, que era la falta de medidas higiénicas básicas de los profesionales que atendían a las mujeres que daban a luz, lo que transmitía las enfermedades y ocasionaba sus muertes. El padre de la asepsia y nadie lo sabe. Pero por haber establecido que eran los propios médicos los que contagiaban y por ello mataban a sus pacientes simplemente por no lavarse las manos infectadas, hizo caer a Semmelweis en desgracia al punto de ser rechazado por la comunidad científica de su país quedando como un paria.

El cruel trato que recibiera el malogrado Semmelweis es el mismo que damos hoy a nuestros jóvenes que de manera valiente y persistente salen a mostrarnos esas manos infectadas de corrupción o de desidia que manejan los hilos del poder y que nos están matando.
Las manos de nuestros jóvenes, en cambio, son inteligentes y se dan cuenta cómo es el juego de esas otras manos que se han venido estrechando de manera constante y dolosa durante años, mezclándose, viralizándose. Esas manos que hace unas décadas cargaban un fusil revolucionario pero que hoy se cruzan convenientemente con las de quienes se negaban a firmar los recurso de amparo para proteger la vida de los perseguidos; manos que salieron del país con un pasaporte rojo y una enorme letra L que se enlazan alegremente con las de quienes en su ausencia compraron a precio vil las empresas del Estado… Manos con manos, contagiándose unas a otras en una cadena infecciosa e imposible de determinar.

Manos que cuando son apuntadas por otras más jóvenes, abiertas en lo alto y pintadas de blanco acusándolos de la pandemia que nos azota, se hacen las ignorantes, las ofendidas, como aquellas de los médicos húngaros colegas de Semmelweis.
A las manos jóvenes, por el atrevimiento de acusar a La Moneda y a sus cómplices, esos guardianes policiales, políticos, operativos, empresariales, las maltratamos, excluimos, las matamos…

Semmelweis murió en un hospital siquiátrico debido a una septicemia que se ocasionó él mismo intentando demostrar su teoría. Su muerte es un oscuro presagio para esas manos que hoy siguen su ejemplo de valentía y clarividencia
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TOMADO DE : RADIO ELECTRÓNICO UNIVERSIDAD DE CHILE