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miércoles, mayo 06, 2015

LOS EDWARDS Y LA GUERRA DEL PACIFICO



La huella de los Edwards en la Guerra del Pacífico

Víctor Herrero | Lunes 4 de mayo 2015 

La forma cómo Agustín Edwards Ross contribuyó a desencadenar la Guerra del Pacífico comienza en 1873. Luego de decidir que la Compañía de Salitres y Ferrocarril no pagaría tributos a Bolivia, se anuncia que la empresa saldrá a remate. Las tropas chilenas desembarcaron en el puerto de Antofagasta para impedirlo, tres semanas después Bolivia le declaraba la guerra a Chile por la ocupación de Antofagasta.
Mientras los abogados de Chile tratan en estos días de convencer a los magistrados de La Haya de que esa corte no tiene competencia para obligar al país a negociar una salida al mar con Bolivia, vale la pena recordar algunos de los hechos que dieron origen a la Guerra del Pacífico. Y resulta que hubo un empresario chileno que contribuyó a desencadenar esa guerra y que, ciertamente, también rentó con ella. Se trata de Agustín Edwards Ross, el bisabuelo del actual Agustín Edwards. Así, al menos, lo constata el libro “Agustín Edwards Eastman: una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio” (Debate, 2014), del periodista Víctor Herrero.


Lo que no consigna ese libro es que Agustín Edwards Mac Clure (hijo de Edwards Ross y abuelo del actual Agustín Edwards) fue también uno de los redactores del Tratado de Paz de 1904 firmado entre ambos países.
A continuación, presentamos algunos extractos del libro que, bajo el subtítulo “El negocio de las guerras”, se refiere a la participación de Edwards Ross en el conflicto que terminó con la salida al mar de Bolivia.
El negocio de las guerras
La forma cómo Agustín Edwards Ross contribuyó a desencadenar la Guerra del Pacífico comienza en 1873, cuando su padre le pidió que asumiera la presidencia de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, una sociedad anónima donde los Edwards tenían 42 por ciento de las acciones. En febrero de ese año, el joven Agustín Edwards de 21 años envió a un emisario suyo a La Paz para gestionar con el gobierno de Bolivia el reconocimiento de los derechos y concesiones de esa compañía para explotar y exportar salitre en amplias zonas de la región de Antofagasta, que entonces pertenecía al país vecino. Estas concesiones habían sido adquiridas cinco años antes al gobierno paceño por la firma Melbourne Clark & Compañía, conformada por capitales chilenos proporcionados por Francisco Puelma, Jorge Smith, la Casa Antony Gibbs & Sons, Agustín Edwards Ossandón (padre de Agustín Edwards Ross) y su protegido José Santos Ossa. El emisario enviado por el empresario chileno obtuvo del gobierno boliviano un contrato que autorizaba a la Compañía de Salitres y Ferrocarril la explotación del salitre por un período de 15 años, libre de derechos e impuestos.
Ese contrato favorable para los intereses salitreros chilenos nunca fue ratificado por el Congreso de Bolivia. Cinco años después, en febrero de 1878, la Asamblea Constituyente de ese país aprobó la ratificación del contrato con la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta «a condición de hacer efectivo, como mínimo, un impuesto de diez centavos en quintal de salitre exportado». Los capitalistas chilenos estaban indignados. Consideraban que se trataba de una abierta violación de su tratado firmado en 1873. Reclamaron airosamente ante el gobierno boliviano y ante su propio gobierno en Santiago para revertir la decisión.
El problema era que ninguno de los dos gobiernos consideraba en esos momentos que fuera un asunto tan grave.
Entonces, la estrategia de la compañía salitrera chilena fue aumentar la presión sobre el gobierno en Santiago. Francisco Puelma y Agustín Edwards Ross «visitaban periódicamente La Moneda demandando apoyo oficial» del gobierno de Aníbal Pinto, quien, por cierto, era deudor del Banco Edwards. Pese a su lobby, el gobierno chileno seguía sin interesarse mucho por la situación. Después de todo, unos años antes, en 1875, el gobierno de Perú había expropiado a los dueños de las salitreras en la región de Tarapacá, entre ellos varios chilenos, y la situación no había pasado a mayores. Ahora sólo se trataba de unos impuestos. Además, en esos meses, el gobierno chileno estaba lidiando con un problema fronterizo mucho más grave con Argentina en el sur del país.
Ante la tibia respuesta del gobierno, la compañía salitrera presidida por Agustín Edwards Ross decidió adoptar una táctica más dura: simplemente se negó a pagar los impuestos decretados por Bolivia. Y así, la situación comenzó a escalar.
Transcurridos nueves meses sin que la compañía pagara el tributo, al tiempo que continuaba operando normalmente sus minas en la región boliviana, finalmente al gobierno de La Paz se le agotó la paciencia. El 11 de noviembre de 1878 el prefecto de Antofagasta ordenó la detención y encarcelamiento de George Hicks, el británico que era el gerente general de la Compañía de Salitres y Ferrocarril, por ser «deudor al fisco de la cantidad de 98.848 bolivianos y 13 centavos». Sin embargo, la compañía continuaba negándose a pagar los impuestos y a los pocos días los bolivianos dejaron en libertad a Hicks.
Dos meses después, los acontecimientos se precipitaron. El 5 de enero de 1879, La Paz aprobó un decreto para confiscar los bienes de la compañía chilena, y anunció que remataría sus activos el 14 de febrero con el fin de recuperar los impuestos que adeudaba al fisco boliviano. Con ello, las operaciones de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta quedaron efectivamente paralizadas y más de 2.000 mineros se quedaron sin trabajo.
Entre tanto, el gobierno de Pinto había cedido un poco a las presiones de los empresarios salitreros y había despachado al Blanco Encalada, su buque de guerra más poderoso, a Caldera, el último gran puerto y también el punto terminal de las líneas de telégrafo en territorio chileno. Era una primera señal de Santiago que estaba prestando más atención al pleito entre la compañía chilena con el gobierno del país vecino. Cuatro días después del decreto de confiscación, el buque de guerra ancló frente a la bahía de Antofagasta. Era una acción seria pero todavía fanfarrona del gobierno chileno que, en esos días, aún creía en una solución diplomática al conflicto.
Animados por esta movida de su gobierno, aunque decepcionados por no lograr acciones concretas para revertir la paralización de sus minas, la compañía redobló sus apuestas. El 14 de enero, bajo la presidencia de Agustín Edwards Ross, se reunió en Valparaíso el directorio de la empresa salitrera. En una carta que el representante de la firma Gibbs & Sons en el directorio de la compañía envió a sus superiores en Londres, resumía de la siguiente manera la nueva táctica de la empresa:
El señor Puelma recomendó gastar algún dinero para estimular a periodistas en los diarios para que publiquen artículos de naturaleza patriótica, es decir, de nuestro lado en este problema, y así fue acordado, de manera que podemos esperar la inmediata aparición de una serie de esos artículos en un diario de Santiago, probablemente El Ferrocarril, y en uno de Valparaíso, tal vez La Patria.
Efectivamente, en los días y semanas siguientes, ambos periódicos comenzaron a abandonar su línea periodística que se limitaba a informar del impasse en Antofagasta como parte de una serie de problemas en la política exterior chilena, para adoptar una postura más beligerante. Otros medios se sumaron a este nuevo tono. El 5 de febrero, por ejemplo, el diario Los Tiempos le hacía la siguiente pregunta a sus lectores respecto de Antofagasta:
¿Quién descubrió el cobre ahí? ¿Quién la plata? ¿Quién el guano? ¿Quién el salitre? Nosotros. Estamos ciertos de que vendrá de Bolivia la reacción del buen sentido. Mientras tanto, tengamos seca nuestra pólvora.
Justo el día en que la Compañía de Salitres y Ferrocarril iba salir a remate, el 14 de febrero de 1879, las tropas chilenas desembarcaron en el puerto de Antofagasta. Con ello, se evitaba que la empresa fuese adquirida por una firma de otro país, por ejemplo de Estados Unidos, con lo cual Chile ya no tendría oficialmente un interés en el conflicto. Ese mismo día, la empresa chilena pudo reanudar su producción salitrera. Dos semanas después de la ocupación de Antofagasta, Bolivia le declaró la guerra a Chile, y en virtud de un pacto secreto de asistencia mutua con Perú, este país también entró al conflicto. Un mes después, en abril de 1879, Chile les declaró oficialmente la guerra a ambos países. El conflicto bélico duraría poco más de cuatro años y causaría unos 14 mil muertos, según estimaciones conservadoras.
Llama la atención que tres de los cinco ministro que conformaron el primer gabinete de guerra chileno eran accionistas minoritarios de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. Ellos eran Antonio Varas, ministro del Interior; Domingo Santa María, ministro de Relaciones Exteriores, y Jorge Huneeus , ministro de Justicia.
Agustín Edwards Ross sacó dos lecciones valiosas del conflicto de 1879. La primera era que las guerras victoriosas son un negocio muy rentable. La segunda fue que la prensa es un factor clave en formar una opinión pública favorable a los intereses propios. De hecho, su compañía de salitres había logrado transformar un problema contractual entre una empresa y un Estado extranjero en una causa patriótica.
Respecto a la primera lección, los datos avalaban la intuición de Edwards. En 1879 la economía chilena creció 15,2 por ciento y en 1880 se expandió en 12,4 por ciento, los niveles más elevados en toda la segunda mitad del siglo XIX. Además, los negocios personales de Edwards Ross florecieron durante la guerra. Los siguientes acontecimientos ilustran este punto.
Pocas semanas después del comienzo de la guerra, el 31 de julio, apareció ante el notario de Antofagasta el estadounidense Charles C. Greene, el nuevo gerente general de la Compañía de Salitres y Ferrocarril. Greene, quien años después sería el cónsul de Estados Unidos en Antofagasta, pidió a nombre de 21 empleados de la empresa un permiso notarial para explorar yacimientos salitreros y de otros minerales en la región recién ocupada por Chile. Poco después, el 19 de agosto, Greene se presentó ante el nuevo gobernador chileno de Antofagasta e inscribió formalmente 51 estacas de salitre a nombre de este grupo de empleados. Los solicitantes no tuvieron que pagar nada por registrar estos yacimientos. Pues bien, el 29 de enero de 1880 los veintiún empleados que habían obtenido las concesiones comparecieron ante el notario de Antofagasta Benjamín Molina para ceder gratuitamente sus pertenencias a la Compañía de Salitres y Ferrocarril, que pasó así a ser dueño exclusivo de estas minas. El directorio que intervino en esta maniobra estaba compuesto por Agustín Edwards Ross, Francisco Puelma, Miguel Saldías, que era el abogado de la empresa, y Ricardo Escobar, que era el representante de las acciones de Gibbs & Sons.
La operación se mantuvo en secreto por más de 30 años. Pero en 1911 salió a la luz pública cuando Alberto Valenzuela de la Vega, un ciudadano común y corriente que se había enterado de las concesiones, entabló una querella en contra de la compañía con la esperanza de obtener una recompensa por denunciar «bienes fiscales indebidamente poseídos por terceros». Pero el fisco no se hizo parte de la demanda y cuando el conflicto judicial escaló hasta la Corte Suprema, la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta contrató a un abogado de primer nivel: Luis Barros Borgoño, un ex relator de esa misma corte y futuro vicepresidente de Chile. El juicio recibió bastante publicidad y en algunos diarios, en especial los de mancomunales obreras, era descrito como un ejemplo de cómo la oligarquía y el Estado se confabulaban para favorecer los intereses de los grandes empresarios.
Para cuando sucedieron estos hechos, Edwards Ross ya había fallecido y era su hijo, Agustín Edwards Mac Clure (fundador de El Mercurio de Santiago), quien resguardaba los intereses patrimoniales de la familia en esa compañía que, precisamente a partir de la Guerra del Pacífico, llegó a ser una de las más grandes en el negocio mundial del salitre. Por cierto, la compañía ganó la demanda.
Con el término de la Guerra del Pacífico, Agustín Edwards Ross emergía como una de las figuras más poderosas de Chile. No sólo había logrado expandir la vasta fortuna familiar, sino que ejercía también una enorme influencia empresarial y política. Los Edwards, que habían hecho fortuna en las inhóspitas y polvorientas ciudades y pueblos del norte chico, se instalaban ahora cada vez más cerca del centro mismo del poder.
  • De Agustín Edwards Eastman: Una biografía no Autorizada
Tomado desde DIARIO ELECTRONICO RADIO UNIVERSIDAD DE CHILE

martes, abril 14, 2015

ADIOS GALEANO, ADIOS, SENTIPENSANTE

ADIOS GALEANO, ADIOS, SENTIPENSANTE


Él, que dio vuelta el mapa y nos contó la historia desde abajo, porque sabía que la otra historia, la oficial, la escriben los vencedores, que siempre han estado del otro lado del mundo. También sabía que quedarse con la memoria es parte del botín.


Hace varios años decidí estudiar ciencia política, lo hice porque siempre creí en lo colectivo, creí, como decía Galeano, que debíamos tener el coraje para estar solos y la valentía para unirnos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano. Creí, en definitiva, más en los libros de Galeano que en los libros de autoayuda.
Fue Galeano quien me abrió la ventana para mirar el mundo, a mí y a muchos otros que, apenas viviendo un par de años sometidos por las dictaduras de nuestra América, supimos que nuestro subdesarrollo no es una etapa más del desarrollo, y que ninguna riqueza es inocente, todas, pues, son consecuencia del despojo ajeno; de Galeano supe que para que el norte del mundo consuma de más, todo el sur debe consumir de menos. Él, que tenía un ojo en el microscopio y otro en el telescopio, que nos contaba esas pequeñas historias donde cada situación era el símbolo de muchas, porque sabía que lo grande habla a través de lo pequeño, y que el universo se ve por el ojo de la cerradura. Él, que dio vuelta el mapa y nos contó la historia desde abajo, porque sabía que la otra historia, la oficial, la escriben los vencedores, que siempre han estado del otro lado del mundo. También sabía que quedarse con la memoria es parte del botín.
Él, Galeano, que descubrió ese misterioso lenguaje para decir la verdad: el lenguaje que une al corazón con la cabeza, siempre tan divorciados, el lenguaje sentipensante. Línea tras línea, Galeano comprobó que las palabras complicadas y rimbombantes no siempre son sinónimo de profundidad. Decir: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, es resumir que existencia precede a la esencia, es resumir todo el existencialismo.
¿Por qué te fuiste, Galeano? ¿Fue, acaso, la decepción que te produjo la realidad de nuestra América? ¿Tanto te afectó la red de corrupción del PT, que empezó traficando sueños para terminar traficando dinero? ¿Tanta decepción te produjeron los exiliados chilenos, esos misteriosos socialistas metamorfoseados, que recibían dinero del yerno del dictador que los expulsó de su país?
Te vas, pero te vas para quedarte: se queda tu lenguaje sentipensante, se queda tu (meta)física del mundo, que no está hecho de átomos sino que de historias. Se quedan tus ojos clavados mas allá de la infamia, tu otro mundo posible, 
“donde el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; 
en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;
 la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor; 
el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;
 la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;
 en ningún país irán presos los muchachos que se niegan a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;
 los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;
 los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas; 
los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;
 los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; 
la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;
 la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;
 nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene; 
el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;
 la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; 
los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;
 los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos; 
la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla; 
la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda; 
una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; 
una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú; 
en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;
 la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;
 la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: ‘Amarás a la naturaleza, de la que formas parte’; 
serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;
 los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar; 
seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuanto hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo; 
la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses;
 pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero”.
Quizás, este mundo está embarazado de ese mundo, el mundo que palabra a palabra delineaste, tu mundo. Pero sin ti, será mucho más difícil el parto de ese otro mundo posible. Hasta siempre.
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* Tomado de "EL MOSTRADOR" , la imagen: de la web.






































lunes, abril 13, 2015

HASTA SIEMPRE GALEANO

“Ojalà podamos ser desobedientes,
cada vez que recibamos órdenes
 que humillan nuestra conciencia o
violan nuestro sentido común
E. G.
 Eduardo Germán María Hughes Galeano.

Conocido como Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo, considerado como uno de los más destacados escritores de la literatura americana.
Sus libros más conocidos, Memoria del fuego (1986) y Las venas abiertas de América Latina (1971), han sido traducidos a veinte idiomas.
Galeano nació en Montevideo, Uruguay en el seno de una familia de clase alta y catòlica de ascendencia italiana, española, galesa y alemana. Su padre fue Eduardo Hughes Roosen y su madre, Licia Esther Galeano Muñoz, de quien tomó el apellido para su nombre artìstico. En su juventud trabajó como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otros oficios. A los 14 años vendió su primera caricatura política al semanario El Sol, del Partido Socialista.
Comenzó su carrera periodística a inicios de 1960 como editor de Marcha, un semanario influyente que tuvo como colaboradores a Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Manuel Maldonado y los hermanos Denis y Roberto Fernández Retamar. Editó durante dos años el diario Época.
Es además conocida su pasión por el fútbol y en especial por el club decano del fútbol uruguayo, el Club Nacional de Football, pasión que compartía junto a Mario Benedetti.
En el golpe de Estado del 27 de junio de 1973, Galeano fue encarcelado y obligado a dejar Uruguay. Su libro Las venas abiertas de América Latina fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Se fue a vivir a Argentina, donde fundó el magacín cultural Crisis.
En 11976, fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte del dictador argentino Videla, quien tomaba el poder ese año. Vuela a España, donde escribió su famosa trilogía: Memoria del fuego (un repaso por la historia de Latinoamèrica), en 1984.
En 1985, Galeano retornó a Montevideo. En octubre de ese año, junto a Mario BenedettiHugo Alfaro y otros periodistas y escritores que habían pertenecido al semanario "Marcha", funda el semanario Brecha, del cual continúa siendo integrante de su Consejo Asesor.
Entre 1987 y 1989, integró la "Comisión Nacional Pro Referéndum", constituida para revocar la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, promulgada en diciembre de 1986 para impedir el juzgamiento de los crímenes cometidos durante la dictadura militar en su país (1973-1985).
En 2010, el Semanario Brecha instituyó el Premio Memoria del Fuego, que está previsto que Galeano entregue anualmente a un creador que a sus valores artísticos sume el compromiso social y con los derechos humanos. El primer galardonado fue el cantautor español Joan Manuel Serrat, quien recibió el 16 de diciembre de 2010, en el Teatro Solis de Montevideo, la estatuilla diseñada por el escultor Octavio Podestá
En 2004, Galeano apoyó la victoria de la alianza Frente Amplio y de Tabaré Vázquez. Escribe un artículo en el que menciona que la gente votó utilizando el sentido comùn. En 2005, Galeano, junto a intelectuales de izquierda como Tariq Ali y Adolfo Pérez Esquivel se unen al comité consultivo de la reciente cadena de televisión latinoamericana TeleSUR
En enero de 2006, Galeano se unió a figuras internacionales como Gabriel García MárquezMario BenedettiErnesto SabatoThiago de MelloCarlos MonsiváisPablo Armando FernándezJorge Enrique AdoumLuis Rafael SánchezMayra MonteroAna Lydia Vega y Pablo Milanés, en la demanda de soberanía para Puerto Rico. Además firmaron en la proclamación de independencia del país.
 En noviembre de 2008, Galeano dijo sobre la victoria de Barack Obama
"La Casa Blanca será la casa de Obama pronto, pero esa Casa Blanca fue construida por esclavos negros. Y me gustaría y espero que él nunca lo olvide".
En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entrega un ejemplar de "Las venas abiertas de América Latina" al presidente estadounidense Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Trinidad y Tobago.
Eduardo Galeano, integrante de ese grupo selecto que forman la Dignidad de América Latina ha muerto hoy en Montevideo.

¡HONOR Y GLORIA¡
 Un pequeño homenaje de este marxista que aún cree en los sueños.